La culpa es del peatón

Hoy por la mañana caminaba con la madre de mi hija de regreso de las compras para el desayuno. Las calles de mi colonia (en el Centro Histórico) son estrechas y l@s dueños de automóviles se sienten con el derecho de apropiarse del espacio que no les pertenece: las banquetas.

La consecuencia es que quienes caminamos debemos inevitablemente bajar de la acera y rodear los vehículos estacionados al tiempo que evitamos a los que avanzan a toda velocidad por el arroyo vehicular. Es tan común que ya es agotador tratar de alzar la voz para cuestionar el lugar al que el automóvil nos ha relegado en la jerarquía de nuestro ecosistema urbano. 

Pasaron dos automóviles mientras tratábamos de guardar la mayor distancia de su trayectoria, pegándonos a la pared de coches estacionados sobre la banqueta. El primero pasó despacio, el segundo a exceso de velocidad rebotando sobre el adoquín. El espejo lateral la golpeó a ella en el brazo. Se estacionó 15 metros adelante, pero al ver que tomaba fotos y caminaba en su dirección reanudó la marcha para doblar a la izquierda y perderse. 

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Llamamos a la policía y continuamos nuestro recorrido. Por coincidencia encontramos el coche estacionado a un par de cuadras. Llamé de nuevo a la policía mientras montábamos guardia junto al auto. Cuando aparecieron sus ocupantes y las confrontamos sucedió lo que ya sabía que pasaría: nos culparon por el golpe. La vieja y tonta aproximación de culpar a las víctimas en favor de quien genera los riesgos. ¿Quién ganará un enfrentamiento entre nuestros cuerpos y una máquina rodante de media tonelada?

Que es nuestra culpa por bajar de la banqueta, que por qué no nos hicimos a un lado, que si no nos podemos ir por otra calle. Que nos quitáramos porque tenían prisa, que sorry por nosotros. Las ladies nos dieron un luminoso ejemplo de la actitud en la que se depositan los peores vicios de la cultura autocéntrica que nos ha robado la ciudad.

Quien cree que el conducir un auto le dota de privilegios y derechos por encima de quien camina, quien lleva una carreola o se desplaza en bici o en silla de ruedas, no puede dar a estos otro trato que el de invasores cuando alguien se atreve a circular fuera de las migajas de banquetas que nos dejan. Se siente dueño no solo del espacio que ocupa, sino del que ocupan otras personas. 

Ojalá la triste historia hubiera terminado ahí, pero cuando les dijimos que no nos moveríamos hasta ver a la policía su disgusto las llevó de los insultos a las agresiones físicas. Una de ellas me jaloneó y me rasguñó la cara y el cuello. La otra me embistió con el auto y me tiró al suelo. Se fueron.

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Llamé por enésima vez a la policía, quien no apareció hasta una hora y media después del primer reporte para concedernos una entrevista de 3 minutos. 

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Presentaremos cargos por el golpe inicial, además de las agresiones posteriores, estoy muy seguro que tratar de atropellar a alguien es un intento de homicidio. Tal vez no conseguiremos que las responsables comparezcan ante las autoridades, pero el episodio nos ha recordado que no queremos vivir, ni que nuestra hija viva en una ciudad en la que se debe cruzar corriendo al saber que ningún auto bajará la velocidad, donde es más fácil construir un puente peatonal que pintar una cebra, donde tener cuatro ruedas te da más derechos que tener dos pies. Una ciudad llena de estacionamientos, segundos pisos y pasos a desnivel, donde sea imposible caminar a cualquier lado, en la que te intentan convencer que se disfruta más en el aislamiento de un automóvil. Una ciudad en la que peatones y ciclistas mueren por la impaciencia de los conductores. 

Exigimos a las autoridades que liberen las banquetas de los coches estacionados en ellas, que eduquen a l@s automovilistas sobre la preferencia que goza el peatón, la bici y la silla de ruedas en las calles, y que reduzcan los límites máximos de velocidad en las vías no principales de la ciudad. Que elaboren políticas públicas de movilidad que beneficien al transporte público, la bicicleta y el andar desde una perspectiva humana y amigable con la civilidad, la convivencia armónica y el medio ambiente. Que nos devuelvan nuestra ciudad. 

Y si no es mucho pedir, que los servicios de emergencias nos atiendan cuando todavía es posible hacer algo para protegernos.

PS.: El auto que golpeó a Herminia es un VW Pointer rojo vino sin placas, de calcomanía con el número VCF- 79- 79, conducido por una joven de entre 20 y 24 años. 

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